lunes, 3 de octubre de 2011

CAPITULO 9 PARTE 3

- ¡Harek, mira tu sombra! – susurró Matías entre dientes.

   - ¿Qué pasa con mi sombra? – preguntó el elfo mientras la buscaba. Está detrás de mí. ¡Mírala!

   - Ya la veo, pero... Mira la de Otto.

  - Si no tiene ninguna, ¿qué quieres que mire?

  - No quiero que mires nada, Harek. De eso se trata. Los dos tenemos sombra y él no. ¿No te parece extraño? Dordof no ladra ya. Otto no tiene sombra. No  ha contestado a nada de lo que le hemos preguntado y a mí me ignora por completo. Es como si no pudiera verme. Siempre sale con algo que no tiene nada que ver con lo que nosotros le hemos dicho.

   - ¿Y que te sugiere todo eso?

   - ¡Mnn! No lo sé.

   - Pues, piensa rápido, que ya está frente a nosotros de nuevo.

   El buscador de la Inmortalidad continuaba su discurso sin percatarse de que nadie le estaba prestando la más mínima atención. Recorría varios metros del salón alejándose de ellos y después, regresaba a su lado. Justo en ese momento en que el malvado Otto estaba situado a sólo un paso de Matías y Harek, el niño pasó la mano por la cintura del mago, atravesándola de lado a lado sin dificultad. Volvió a hacerlo de nuevo y ocurrió exactamente igual. Parecía una gran nube negra que podía traspasarse sin problema. De repente, Matías se fijó en una mesa pequeña que estaba situada en un rincón oscuro del salón. Había algo. Una luz, tal vez. Nuestro amigo se fijó bien y pudo descubrir que se trataba de una esfera, en cuyo interior, una luminosa bola daba vueltas y proyectaba una imagen. La imagen de Otto. Eso significaba que el Buscador no estaba presente en aquel salón.

   Harek, al no entender lo que estaba sucediendo, miró a Matías con ojos interrogativos; aún no se atrevía ni a hablar. Fue entonces cuando Matías pasó a través del cuerpo de Otto hacia el otro lado, sin que éste se percatara de lo que estaba sucediendo; continuaba hablando de lo poderoso e importante que era y que nadie había osado combatir con él.

   - Harek, ¿no te das cuenta? ¡Es un espejismo! Aquella esfera de allí está proyectando la imagen de Otto y consigue, no sé cómo, que su voz también suene. Parece que está aquí, pero no es así; por lo menos, no se encuentra en esta habitación.

   - Entonces, ¿qué hacemos? – preguntó Harek.

   - Dejemos que siga hablando solo y vayamos a buscar a Asiúl. Si interrumpimos el espectáculo alguien podría darse cuenta.

   Y dándole la espalda al gran Mago, se dirigieron hacia el lugar de donde procedían las voces. Cuando atravesaron otro pasillo oscuro, comenzaron a gritar el nombre de Asiúl y en seguida él respondió.

    - ¡Estoy aquí, amigos! ¡Gracias al cielo, por fin me habéis encontrado! – decía Asiúl, lleno de júbilo al ver que finalmente sus amigos venían a rescatarlo. ¡Me alegro tanto de veros!

    Los tres amigos se fundieron en un conmovedor abrazo.

   - ¡Dordof, mi fiel amigo! ¡Eres un campeón! – gritó Asiúl al ver que el animal se le echaba encima, muy contento de verlo-. ¡Gracias chicos, por arriesgar vuestras vidas y salvarme de las garras del perverso Buscador! Pero, ¿cómo me habéis encontrado? Y ¿cómo habéis logrado llegar hasta aquí?

   - ¡Nos ayudó tu padre!

   - ¡Nos ayudó tu padre!

    Tanto Harek como Matías estaban ansiosos por contarle a su gran amigo cómo fue que llegaron hasta él y lo que tuvieron que vivir por el camino. Ambos habían hablado al mismo tiempo y Asiúl los interrumpió.

   - Ya veo que estáis impacientes por contarme todas vuestras aventuras, pero será mejor que primero salgamos de este horrible lugar. Tendremos tiempo más adelante y sobre todo, mucha más tranquilidad.

    En muy poco tiempo nuestros tres valientes amigos y la ya mascota del grupo estaban fuera de la torre y al otro lado de la gran esfera. Durante unos minutos, continuó destellando bajo la luz de la luna, pero inmediatamente después de que los huéspedes hubieran salido de la torre, la esfera se apagó por completo. Arriba en el cielo, los dos dragones negros continuaban volando y  enfrentándose entre sí a base de muerdos y bolas de fuego, ignorando por completo lo sucedido.

   Harek y Matías comenzaron a contarle a Asiúl todo lo que había ocurrido desde que fuera succionado por aquél extraño agujero negro en una acera de su pueblo, hasta el momento de encontrarse con él en las mazmorras de la Torre Oscura. Cuando Asiúl se disponía a hacer un comentario de todo lo ocurrido, un fuerte viento empezó a azotarles con violencia. Resultaba imposible mantener el equilibrio.

   - Debemos llegar al lugar en el que encontramos la flecha mágica. Allí se nos apareció tu padre. Le necesitamos para volver a casa, Asiúl. – gritó entrecortado Harek, ya que el viento le impedía hablar con normalidad.

   A varios metros de distancia se encontraba un árbol viejo y seco. Había perdido todas sus hojas y ninguna flor parecía haber soportado la violencia de aquel huracán. Todos trataron de aferrarse fuertemente a él, intentando aguantar el mayor tiempo hasta que aquél fastidioso viento dejara de soplar con aquella intensidad.

   - Con éste viento no podremos andar mucho. Trae consigo arena negra del desierto en que nos encontramos. Nos asfixiaremos, si no encontramos un refugio enseguida – se apresuró a decir Asiúl.

   Asiúl! – gritaba Matías -. No existe ningún refugio cerca. ¡Podemos morir aquí! – el chaval estaba mucho más asustado que cuando tenía delante a Otto.

   - ¡Yo os ayudaré!

   Los tres amigos distinguieron perfectamente la voz de una niña ofreciéndoles ayuda. No apreciaban claramente su rostro, pero sus corazones presentían que podía n confiar en ella. Además, Dordof no había abierto la boca y eso significaba que se trataba de alguien noble. La pequeña iba acompañada por una especie de asno bajito y regordete, de un gris oscuro con manchas más claras que llevaba los ojos tapados con una especie de anteojeras. La niña también tenía un fino velo que protegía su nariz y boca, similar a los que llevan las mujeres árabes. Un gorro parecido al de Harek, terminado en punta, pero con una gran visera, protegía sus ojos de aquel viento; de ese modo, podía permanecer tranquilamente en ese extraño desierto sin que el aire le afectara lo más mínimo. Unas preciosas alas rosadas, finas y brillantes pendían de su espalda. Asiúl no había pronunciado palabra. Su hipnosis era total. No había visto jamás nada tan bello. A pesar de que el viento no permitía seguir en aquel lugar durante más tiempo, él hubiera permanecido observándola el resto del día.

   - Os puedo ayudar, si vosotros queréis – prosiguió con el mismo tono de voz suave. Se había percatado del amuleto en forma de flecha y arco que Asiúl llevaba en su cuello y no dejaba de mirarlo -.  Cerca de aquí está mi aldea. Allí podréis descansar y alimentaros para continuar vuestro viaje. Aún falta una vuelta de estrella para que cese Volkenge. Si os quedáis aquí, moriréis.

  - ¿Vuelta de estrella? ¿Volkenge? ¿De qué está hablando? – preguntó inquieto Matías.

  - ¡Vale, vale! No es momento de charlas. Llévanos a tu aldea y allí nos contarás todo – interrumpió Asiúl, deseando con todas sus fuerzas poder respirar de forma normal y hablar con ella.

  - Entonces, seguidme. ¡Ah! Por cierto, me llamo Ímida. Soy un duende y no hace falta que me digáis vuestros nombres, ya lo sé. Os estábamos esperando.

   Los tres amigos y los dos animales se dispusieron a seguir a Ímida. Nadie podía vislumbrar bien el camino. Alrededor del asno, sujetos a una mantita que la dueña había colocado como silla de montar, trataban de caminar todos, evitando tragar la arena que traía Volkenge; sólo así, ninguno perdería el rumbo que debían seguir hasta la aldea. El duende Ímida sujetaba al pequeño asno por las bridas y éste caminaba sin ningún problema. Como si supiera perfectamente el camino de vuelta a casa.  Dordof continuaba a duras penas detrás del asno y de vez en cuando sacaba la cabeza, tratando de averiguar si faltaba mucho todavía para llegar a algún refugio.

   Todos recordaban cuando la niña, momentos antes, dijo que cerca del árbol se encontraba su aldea, pero llevaban ya un buen rato caminando y el viento no paraba de soplar y soplar. Seguro que todavía no se había producido la vuelta de estrella, que había mencionado su nueva guía o que ese tal “Volkenge”, todavía no quería dejar de jugar con ellos. La verdad era que no podían articular una sola palabra y mucho menos una pregunta completa para averiguar cuánto debían caminar aún hasta alcanzar la deseada aldea.

   Por un momento, Asiúl pensó que el lugar por el que caminaban hacía un buen rato tenía las mismas características. Daba la impresión de estar rodeando un mismo lugar una y otra vez. Fue entonces cuando se atrevió a preguntar.

   - ¿Crees que falta mucho… aún?

   Ni siquiera había terminado de hacer la pregunta cuando Volkenge cesó. Todo era claridad y nitidez. Frente a ellos, una bonita y cálida aldea se abría paso.

   - Volkenge no puede llegar hasta esta aldea – explicaba Ímida -. Se trata de una de los tres vientos del temible Otto, que siempre hace salir de su escondite para acabar con la vida de quienes no sirvan a sus propósitos. Nuestra aldea está protegida por el Mago Ekoes, que tras ser mutilado por el malvado Otto y perder su mano izquierda, juró vengarse de él, tratando de dar al traste con todos sus maléficos planes. Aquí no os asustéis.

   La tranquilidad llegó a los corazones de nuestros amigos y Asiúl comentó algo que dejó perplejo a Matías y a Harek.

   - Yo conozco esta aldea. Ya he estado antes aquí.






domingo, 25 de septiembre de 2011

CAPITULO 9 PARTE 2

EL RESCATE DE ASIUL


El pasillo parecía no tener final. Ambos amigos se percataron de que iban andando en círculos y hacia abajo. Daba la impresión de estar caminando por una escalera enorme de caracol sin escalones. Anduvieron durante un buen rato, tratando de escuchar algún sonido que les ayudase a saber si Asiúl se encontraba en aquel lugar o no, sano o herido; así como los posibles peligros con los que se podían tropezar.

    De repente, oyeron el rugir de uno de los dragones negros. Tanto Harek como Matías se llevaron un susto de muerte.

   - Harek, ¿será posible que el poder de la esfera haya concluido y este lugar ya no sea ni invisible ni insonoro? – preguntó nervioso Matías.

   - No puedo saberlo, Matías. Simplemente, espero que no. De alguna manera, el sabio Ócradus debe ayudarnos. No creo que los efectos de la esfera duren tan poquito tiempo.

   - Ni siquiera somos conscientes del rato que llevamos aquí. Creo que ha pasado más de media ho...

   - ¿Alguien puede escucharme?

   - Ohh, ¡Dios mío! ¡Harek! ¡Esa es la voz de Asiúl!

   - ¡Te lo dije! ¡Asiúl está aquí! ¡Vamos, corre! – gritó Harek.

   Signos de alegría aparecieron en los rostros de nuestros amigos. Los ladridos de Dordof al reconocer la voz de su amo, retumbaron en las paredes. Ahora los nervios habían sido sustituidos interiormente por esperanza. Esperanza de salvar a Asiúl, de encontrarlo sano y salvo y poder rescatarlo de aquél horrible lugar. Ni siquiera se daban cuenta del lugar por el que iban corriendo. Ellos solamente corrían donde provenía la voz. En su empeño, llegaron a lo que era un enorme salón, casi derruido y muy mal decorado, sucio, oscuro y frío. Todo estaba en tinieblas. Algunos rayitos de sol entraban por un pequeño círculo que hacía las veces de ventana, pero resultaba tan minúscula que apenas proporcionaba luminosidad al salón. Nuestros amigos ni siquiera fueron capaces, en un primer momento, de visualizar el enorme espacio en el que se encontraban. Se quedaron perplejos, asustados, sin respiración. Nada más entrar, se pararon en seco. Sus miradas se dirigían hacia la trasera de un gran sillón colocado en medio del salón. Matías tuvo que sujetar fuertemente la correa de Dordof, que mostraba signos de violencia contra el ser que ocupaba aquel asiento.  De inmediato, alguien dio la vuelta al sillón y una figura humana apareció sentada en él. Vestía todo de negro. La chaqueta, la blusa, el pantalón y los zapatos parecían pertenecer al ropero de Batman. Unas grandes gafas, también negras, conseguían que su dueño tuviera el aspecto de un malvado mafioso. Tenía una larga cabellera ondulada, anudada en la nuca y en la mano derecha, una vara dorada, muy alta, con un extraño círculo en la parte superior. Dentro de él, el ojo de una serpiente resplandecía en la oscuridad.

   - Es... el... malvado Otto – Harek había proyectado su voz para que solamente Harek la escuchara.

   - ¡Qué tarde más encantadora! ¡Pero si hasta tengo visita! ¿Vienes a verme a mí o a alguien más? Lo sé. Yo… todo lo sé. Sé a lo que has venido y no te saldrás con la tuya. Yo soy el Gran Mago Otto. ¿Qué te pensabas, que ibas a conseguir realizar tus planes sin el más mínimo problema? Estás muy equivocado, amigo.

   Otto caminaba tranquilo, como si controlara perfectamente la situación. Su andar era firme, poderoso. La gran vara dorada, un báculo, parecía bailar a su lado, con cada uno de los pasos que su dueño daba. Se estaba aproximando cada vez más a ellos y Matías sentía que las piernas no le sostendrían mucho más tiempo. Además, Dordof no dejaba de ladrar, y resultaba demasiado molesto.

   - Sólo... queremos... – trató de hablar Matías, pero la voz no le salía del cuerpo.

   - Tu gran amigo se encuentra en este precioso lugar, muy lejos de tu mundo y del suyo, mi querido Harek. ¡Sabes algo! - Otto se paseaba pausadamente de un lado al otro del salón, disfrutando del gran momento –. ¡Me resulta verdaderamente humillante que el Gran Sabio Ócradus no haya encontrado en su Reino un mejor ejemplar, alguien que estuviera a mi altura, para poder salvar a su preciado hijito! Me parece realmente grotesco que me consideren tan vulgar. ¿En la mente de quién se desarrolló la idea de que tú, enano  bastardo,  podrías derrotarme?

   - No pretendemos derrotarte, Otto – contestó Matías tratando de tranquilizarlo. Lo único que queremos es llevarnos a Asiúl de nuevo a su casa – a Matías le empezaba a resultar extraño y de muy mala educación que Otto no se dignara tan siquiera a mirarlo. Simplemente, lo ignoraba.

   - ¿Acaso pretendes hacerme creer que podrá vencerme un simple y vulgar elfo? ¡No!

   Dordof volvió a ladrar, esta vez para hacer constar que él también era alguien que podría vencerle.

   - ¡Me tomas por loco! ¿Crees que me vas a convencer? ¡Pues no!

     Matías sentía que las piernas le iban a fallar. Estaba muy asustado y no hacía otra cosa que pensar en su familia. Quería salvar a su gran amigo, pero esto era demasiado. Miraba tembloroso hacia el suelo. Frente a él se erguía la temible figura del Buscador de la Inmortalidad, con su báculo dorado en la mano derecha. Imponía respeto, miedo. Matías cerraba los ojos y en su interior una melodía de terror e intriga retumbaba en sus oídos.

    “¿Se sentiría Harek igual que él?”, se preguntaba Matías.

    Pero de pronto, mientras el malvado Otto seguía burlándose del elfo y de él, Matías se fijó en Dordof. Daba vueltas alrededor de sí mismo, mirando inquieto el suelo. Parecía querer atrapar a su propia sombra.

   “¡Su sombra!”, pensó Matías.

   - ¡Claro, su sombra! – exclamó en voz alta.

   Enseguida descubrió que el Mago no tenía sombra.

   “¿Sería posible que ese horrible personaje tuviera en su poder tanta magia que pudiera de algún modo hacer desaparecer hasta su propia sombra?” “¿O acaso en aquel lugar, la luz de la luna no reflejaba luminosidad suficiente como para producirse tal efecto?” – pensaba para sí mismo Matías.

   Inmediatamente, miró a su alrededor buscando la suya propia y allí estaba, justo detrás de él. Y a su lado, se encontraba la sombra de Harek. También los pocos objetos del salón la tenían.
  

viernes, 16 de septiembre de 2011

CAPITULO 9, PARTE 1


 El  Rescate  De  Asiúl:



   La gran esfera protectora, que rodeaba la torre gracias a la flecha mágica del elfo Idún que había lanzado Harek, parecía de cristal. A medida que los dos forasteros en esa tierra se acercaban a la entrada principal de la torre, resultaba más fácil observar la nitidez y el resplandor de los finos rayos que proyectaba la esfera, debido a la luz del sol. Justo entonces, Matías se dio cuenta de que esos rayos de sol eran tan débiles que anunciaban, muy lentamente, la caída del astro y la llegada de su amiga la luna. Realmente resultaría muy tenebroso continuar en aquel lugar, cuando la única luz que recibieran sus ojos fuera la que proporciona la engañosa y confusa luna.

   Ambos amigos fueron acercándose, cautelosamente, hacia la entrada principal de la torre. A sólo unos centímetros de ella, se encontraba la esfera. Matías trató de tocarla con un dedo y pudo comprobar que parecía una gran pompa de jabón, como esas que solía hacer de pequeño cuando su madre le compraba un aparatito que las modelaba muy redonditas y que luego se rompían en el aire. Pero ésta no explotaba.

   Dordof no hacía otra cosa más que olisquear aquí y allá, para marcar su territorio. Harek y Matías pensaron que podrían atravesar la esfera sin problemas, así que los dos se dispusieron a pasar su cuerpo al otro lado. En un instante, el perro dejó sin finalizar su tarea y les siguió.

   De pronto, todos se encontraban frente a la puerta de entrada. Era inmensamente alta. Tenía dos hojas y un gran pomo en forma de mano que hacía las veces de llamador. A la derecha había una especie de campanilla con un tirador, pero a ni a Harek ni a Matías les convenía que sonara. La madera de ambas hojas estaba astillada, vieja y carcomida. Matías estaba seguro de que se desplomaría por completo si le daba una patada. Mas no tuvo que hacerlo. En el mismo instante en que tocó la hoja derecha, ella sola, haciendo un ruido estridente, se abrió. Todo estaba lleno de polvo y telarañas. Había un gran pasillo que daba directamente a una escalera, con numerosos escalones, que se dividía en dos al llegar arriba; un lado de la escalera conducía al ala oeste y el otro lado, al este. Los pocos muebles que adornaban el pasillo estaban descolocados. Algunos de ellos, tirado por el suelo. Los candelabros y demás objetos que una vez decoraran los muebles tenían aspecto de haber estado rodando por el piso. En el techo colgaba una fina lámpara de lágrimas de cristal, que Matías se imaginó completamente limpia, brillando a la luz del día y le pareció realmente preciosa.

   No se oía nada. Daba la impresión de que los dos amigos se habían quedado sordos de repente.

   - ¿Dónde crees que puede encontrarse Asiúl? – preguntó Matías casi sin hacer sonar su voz y tirando del collar del perro, que no quería entrar en aquel siniestro lugar.

   -  Imagino que podrá estar en las mazmorras. Si yo fuera Otto, allí lo habría llevado, seguro. Lo que hay que averiguar es dónde que da el sótano.

   En ese instante, Matías pudo distinguir una puerta en el descanso de la gran escalera. Estaba cubierta del mismo papel decorativo que la pared y a simple vista no era fácil reconocerla. Tiraron del pomo, pero no se abría. Entonces, a Harek se le ocurrió coger una silla y romper el tirador. Enseguida la puerta se abrió de par en par y chocó contra la pared. Ambos entraron muy desconfiados. Ni siquiera sabían lo que podían encontrarse en aquél lugar. ¿Y si era una trampa? ¿Y si alguien los estaba esperando? Matías tenía miedo de que en aquel silencio, pudiera escuchar el latido y la velocidad de su corazón. De momento, el único que parecía mantener la calma era Harek; si Matías lo ponía nervioso, no sabía dónde acabaría todo esto.

   Bajaron una escalera que no estaba iluminada. Tanteaban con sus pies los escalones para asegurarse que pisaban sobre terreno firme.

   - ¡Teníamos que haber cogido alguna antorcha! – comentó Matías.

   -  ¡Shhhh! No hemos visto ninguna. Ya he pensado en eso. Dordof va delante olisqueando todo. Nos guiará.

   Cuando alcanzaron el último peldaño, a pocos pasos, encontraron otra puerta cerrada. Matías recorrió con la yema de sus dedos la puerta, para encontrar alguna manivela o algo semejante. Pero no daban con nada. De pronto, notó la cerradura y la llave que estaba dentro de ella.

   - ¡No es posible! – se apresuró a decir Matías -. ¡Harek, la llave está puesta en la cerradura!

   Y dando un giro hacia la derecha consiguió abrir la puerta.

   - Matías, esto me huele muy mal. ¿No te está resultando todo demasiado fácil? No sé, pero creo que esto conduce a algo que no nos va a gustar.

   - Esperemos que no sea así – comentó Matías.

   Un largo pasillo seguía a la puerta que acababan de abrir. Todo continuaba oscuro, pero al final, una pequeña luz resplandecía. Cuando llegaron al lugar del resplandor, comprobaron que se trataba de una antorcha que había sido recientemente encendida. Alguien sabía que iban a venir. Alguien les estaba preparando el camino. Alguien les estaba esperando.

   - Harek, ahora soy yo quién sospecha que todo esto es una trampa. Esta antorcha apenas ha ardido. Eso significa que la acaban de encender. Obviamente, alguien se encuentra en este lugar. Sabe que estamos aquí y lo que queremos hacer.

   -  No nos queda más remedio que seguir. Ya no podemos dar marcha atrás – contestó el pequeño elfo.

   - Este sitio da mucho miedo, Harek. ¿Y si Asiúl no está aquí? ¿Y si nos quieren a nosotros?

   - No te angusties y sigue. Asiúl está aquí, lo dijo el gran sabio Ócradus, ¿recuerdas?

   Con la antorcha en la mano, el pasillo parecía menos tenebroso que momentos antes; aún así, los corazones de nuestros valientes amigos latían con rapidez y los nervios florecían entre los poros de la piel. Todo lo que les mantenía con valor y ánimo para continuar su labor de rescate, era la gran amistad que mantenían con Asiúl y el hecho de saber que era el salvador del Reino de la Naturaleza Libre.

CAPITULO 8, PARTE 3

LA TORRE OSCURA DE OTTO


- ¡Sabio Ócradus, –dijo Harek tras darle varias vueltas a la caja sin saber cómo abrirla –, la caja no puede abrirse!

- Debes darle tres golpecitos con el dedo corazón derecho, justo encima de la cabeza de serpiente y, así, se abrirá.

Harek hizo lo que le habían dicho y enseguida la caja se abrió. Era alargada, rectangular y un poco profunda. Por dentro estaba forrada de terciopelo rojo y en el centro había una especie de trampilla con una anilla que, supuestamente, abría la parte inferior de la caja. Pero, al tirar de ella, no se abría.

- Para abrir la puerta secreta, debes darle a la anilla dos vueltas hacia la derecha, empujar suavemente hacia abajo y girar hacia la izquierda. Después tiras de ella y se abrirá.

- ¿Puedo preguntarle, si no es mucha indiscreción, para qué tanto secreto? – le preguntó muy curioso Harek al sabio Ócradus.

- Cuando sepas el contenido de la caja, sabrás la respuesta a tu curiosa pregunta. Ahora debo irme. Si continúo aquí, el malvado Otto, podría percibir mi presencia y sería fatal para la vida de mi hijo. Buena suerte, amigos. Hacer las cosas como debéis. Que los sabios del Reino de la Naturaleza Libreos iluminen el camino.

Y sin más, desapareció. Harek hizo con la anilla lo que el sabio Ócradus le había dicho y cuando consiguió ver lo que había en su interior, lo comprendió todo.

- ¡Vaya! Pero, si es la flecha mágica del gran Elfo Idún, al guardián de Asiúl.

- ¡El guardián de Asiúl! Y, ¿desde cuándo tiene Asiúl un guardián? ¿Qué hace? ¿Dónde está? Y…¿por qué ese guardián no le ayudó cuando realmente lo necesitaba?

- El guardián, cuida del espíritu y no puede hacer nada cuando el daño se lo están haciendo al cuerpo.

- Entonces, ¿de qué sirve un guardián? Todos, o casi todos los problemas graves que le ocurre a la gente tienen que ver con el cuerpo, no con el espíritu. Por lo menos mientras estás vivo.

- No lo entiendes, Matías. Asiúl es el salvador del Reino de la Naturaleza Libre.El gran elfo Idún, le ha guiado en todos sus actos para evitar que se encontrara en peligros realmente graves.

- Eso lo entiendo. También a mí me extrañaba que Asiúl nunca se metiera en problemas con nadie. Pero está lo de su secuestro. ¿Por qué el gran Elfo Duni, ese...?

- Idún, el gran Elfo Idún.

- Pues lo que yo decía, Idún.

Matías no tenía ni idea de quién estaban hablando.

- ¿Por qué no lo ha salvado, eh? ¿Por qué no ha evitado que se encontrara en aquel lugar? O al menos, podía haberle echado una mano, ¿no crees, Harek?

- La jurisdicción del gran Elfo Idún, no alcanza las hazañas malévolas del Buscador Otto. Solamente puede ayudarle en tu reino y en el mío.

- Pues vaya guardián. Bueno, y esa flecha, ¿para qué sirve?

- Se supone que esta flecha está hechizada por el gran Elfo Idún. Según la leyenda, si la lanzamos contra cualquier lugar, el poder de la flecha mágica hará que ese lugar quede completamente insonorizado e invisible a los ojos de cualquier animal que ronde los alrededores. De ese modo podremos entrar, buscar a Asiúl, salvarlo y salir de allí sin que tengamos el más mínimo problema.

- ¡Ya! Has dicho“insonorizado e invisible a los ojos de cualquier animal”, ¿no es así?

- Así es, compañero.

- ¿Y si hay algún guardias, soldados o un ser no animal, que ronde por los alrededores? Nos podrá oír y ver ¿no?

- El gran Sabio Ócradus ha dicho que no hay nada más que esos dos dragones negros. Así que tendremos que confiar en nuestra buena suerte y rezar por que no tengamos ningún problema.

- ¡Nada más! ¡Qué simpático! – reía irónico y asustado Matías, pensando, sin poder evitarlo, en la fiereza que presentaban esos dragones negros en su desorbitada lucha por el poder.

- ¡Vamos, Matías, no es para tanto! Sólo es cuestión de salvar a nuestro amigo.

- ¡Eso es fácil decirlo! Bueno, coge la flecha mágica y vamos a probar suerte. Se acerca la noche y, por nada del mundo quiero que nos envuelva la oscuridad metidos en esa torre, estemos ocultos o no – alegó Matías.



Después de eso, nuestros dos amigos se marcharon con paso firme hacia la entrada de la torre. El camino estaba bastante bien señalado y resultaba muy fácil seguirlo sin problemas.

Cuando se encontraba a varios metros de la entrada principal, ocultos bajo unos matorrales para no ser vistos por los dos dragones negros que continuaban peleando, dispusieron la forma de lanzar la flecha mágica para que hiciera efecto el hechizo de la insonorización y la invisibilidad.

- Y ahora, ¿quieres decirme cómo vamos a lanzar esta flecha hacia la pared de la torre, si no tenemos arco? – preguntó Matías en un tono casi imperceptible por los oídos de Harek.

- Sin problemas. En mi reino, fui doce veces ganador del concurso élfico de jabalina y podré clavar perfectamente la flecha en alguna ranura de las piedras de la torre.



Y dicho esto, se levantó con mucho cuidado y tomando velocidad, lanzó con fuerza la flecha mágica, que fue a clavarse a varios centímetros de una de las ventanas de la torre. Inmediatamente, una esfera protectora, casi invisible, rodeó la torre.

- Es el momento –dijo Harek-. Tenemos que entrar ahora.




CAPITULO 8, PARTE 2

LA TORRE OSCURA DE OTTO




- ¡Shhhh! ¡No grites o de lo contrario, pronto tendremos aquí a todos los emisarios de Otto!

- ¡Dios! ¡Qué susto me has dado! ¿Dónde estabas? Acabo de mirar todo lo que hay a mi alrededor y no te he visto. Ni siquiera estabas tumbado como me encontraba yo.

- He aparecido varios minutos después que tú. Necesitaba comunicarme con mis superiores, para que nos ayuden en nuestra labor. ¡Eh, campeón! – dijo Harek acariciando a Dordof -. ¿Te unes a la búsqueda de Asiúl?

Un simple ladrido dio respuesta a la pregunta del elfo.

- Y, ¿lo han hecho? ¿Te han ayudado? – preguntó Matías.

- ¿Acaso ves que traigo ideas?

Harek comenzó a andar de un lado a otro.

- Creo que esto nos tocará solucionarlo a nosotros solitos. Ellos no pueden ni acercarse por aquí. Bueno, ¿qué tenemos?

- ¿Cómo que “qué tenemos”? – preguntó sorprendido Matías -. Tú sabrás lo que tenemos. Yo no tengo ni idea de lo que estamos haciendo aquí, ni de cómo piensas encontrar a Asiúl y mucho menos cómo salvarlo del temible Otto.

- Si ocupas tu cabeza

con una preocupación absurda

tu cerebro sentirá pereza

y no servirá para nada”.

- ¿Y ahora, qué? ¿Se te ha despertado el arte poético? No estoy yo para poesías estúpidas en estos momentos tan críticos. Vamos. Andaremos un poco, a ver qué encontramos.


Durante horas, Harek, Matías y Dordof recorrieron metros y metros de aquellas desconocidas tierras, sin encontrar una sola planta, un solo árbol, agua…

- Harek, no puedo más. No puedo ni tragar. Tengo mucha sed y hambre. ¡Mira la lengua de Dordof! No hay ni un alma por estos parajes y no creo que vayamos a encontrar muestra alguna de vida humana. ¿No existe algún conjuro mágico, de esos tuyos, que nos lleve a donde queremos ir en un solo segundo?

- Siento decirte, amigo Matías, que en estas tierras no soy más que un simple ser vivo, sin el poder y la sabiduría que poseen los elfos. Nada de lo que diga o haga hará que alcancemos antes el lugar al que debemos llegar. Además, si me apuras mucho, te diré que en realidad no deberíamos siquiera pensar en la posibilidad de usar magia. Estamos en tierra enemiga y la más mínima muestra de magia que realicemos ahora, atraería la presencia de los dragones negros del malvado Otto.

- ¿Ti... tiene... dragones negros?

- Me temo que sí, mi querido amigo. Yo los he visto, ¿sabes? Son totalmente negros. Pueden lanzar llamaradas de fuego a varias yardas de distancia. Su cola puede llegar a medir más de dos metros de longitud. Cuando abren la boca, crees que te van a devorar antes de que puedas pedir ayuda. Sus ojos son...

- ¡Oh, venga ya, Harek! Me estás tomando el pelo.

- Por supuesto que te estoy tomando el pelo. ¿Te has dado cuenta del estado en que te encuentras? ¡Estas muerto de miedo! ¿Así piensas tú salvar a tu amigo de las horribles garras del malvado Otto? ¡Ni en sueños!

- Vamos, Harek. ¿Qué esperabas?

- Esperaba un poco más de espíritu, Matías. No puedes estar temiendo todo lo que pueda suceder. Sabes a lo que te enfrentas. Si por casualidad vinieran los dragones de Otto, ya solventaremos el problema. Si ocurriera algún otro percance, ya lo solucionaremos. Ahora, lo único importante es averiguar dónde se encuentra Asiúl y en qué condiciones está. Lo demás vendrá sobre la marcha. Tú...

Nuestros amigos fueron sorprendidos por un angustiado ladrido de Dordof.

- ¡Mira, Harek! ¿Qué es aquello?

- ¡Por los Sabios de mi Reino!



Ambos amigos divisaban claramente el paisaje desde lo alto de una colina. En el horizonte se encontraba una gran torre oscura y tenebrosa, casi derruida, que pertenecía al malvado Otto. Varios pájaros raros revoloteaban alrededor. Parecían buitres, pero eran mucho más grandes. De pronto, uno de ellos escupió fuego al otro y rápidamente, Matías y Harek, dedujeron que eran dragones negros.

- ¿Qué haremos ahora, Harek? ¿Vamos a entrar de verdad ahí?

- ¿Quieres salvar a Asiúl o no?

- Claro que quiero, pero...

- ¡Sabes algo! Esto es muy extraño. Los grandes sabios de mi reino representan fielmente la realidad en sus dibujos, y esa torre... No sé, pero me parece que no tiene nada que ver con el gran castillo en donde vive el malvado Buscador. Y estos parajes... La tierra... No, definitivamente no nos encontramos en tierras de Otto. O al menos, no donde él reside habitualmente. Pero, ¿desde cuando fallan mis conjuros? Yo pedí al sabio Ócradus que me llevara al lugar donde se encontraba Asiúl.

Fue entonces cuando el sabio Ócradus, con la forma de nube similar a la que ya apareciera en la habitación de Matías, se manifestó sobre sus cabezas.

- No te preocupes, viejo amigo. Estás en el lugar correcto. Estas también son tierras del Buscador Otto, pero no se trata de su reino. Ha ocultado aquí a mi primogénito, bajo la estrecha supervisión de sus dos mejores dragones negros. Pero Otto no se encuentra en este lugar. Gracias a ello, nos será más fácil salvar a Asiúl.

- ¡”Más fácil”,dices! – gritó Matías -. Estás hablando de dragones, no de perritos abandonados. ¡Por el amor de Dios! ¡No saldremos vivos de aquí!

- Esa será vuestra misión. Salvar a Asiúl y salir con vida. Harek, levanta esa piedra que está a tu derecha y saca de la caja lo que contiene.

Inmediatamente, Dordof olisqueó el terreno, asegurándose de que no había nada peligroso debajo de aquella piedra que señalaba el Sabio Ócradus. Harek miró extrañado hacia la piedra. Pesaba mucho y él solo no podía con ella. Dordof trató de ayudarlo, pero aún así era muy pesada. Cuando vio Matías el trabajo que le estaba costando, se dirigió hacia él para ayudarlo. Sus piernas temblaban. No podía controlar el pánico que sentía. Quería a su amigo Asiúl y por nada del mundo permitiría que le ocurriera algo. Mas, todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Él nunca había sido valiente. En numerosas ocasiones había sido precisamente Asiúl quién le había salvado de los follones en los cuales se metía, como en el caso de Vicente y su pandilla. Y ahora... No solamente se encontraba delante de la peor situación en la que un niño se podía encontrar, sino que todo lo tenía que resolver él solito. Sin ayuda de nadie. Bueno, estaba Harek. Pero, realmente la situación la tenía que resolver él.

GRACIAS A TODOS POR VUESTRAS VISITAS, DE CORAZÓN.

¡¡¡¡¡ME ENCANTAN LOS COMENTARIOS!!!!

Ya se que a veces puede resultar aburrido dejar un comentario, pero os aseguro que anima mucho y permite saber si merece la pena seguir con esto o no.

ANDA, NO TE VAYAS SIN DEJARME UN PEDACITO DE TI.


GRACIAS.

CAPITULO 8, PARTE 1


LA TORRE OSCURA DE OTTO

Todo, en la habitación de Matías, había vuelto a la normalidad. Ya no había cosas raras en el techo, ni nubes, ni imágenes de sabios, nada. Matías miraba a Harek como si el elfo fuera a decirle que sólo había sido un sueño, un extrañísimo sueño. Pero, Harek, en lugar de calmarlo, comenzó a pasear de modo inquieto a lo largo de la habitación, hablando en voz baja y cavilando un posible plan para salvar a Asiúl. Matías no podía dar crédito a lo que había visto. Necesitaba una explicación. En realidad, él sabía perfectamente, desde el primer día que Asiúl le habló del elfo y de su mundo, que todo lo que estaba ocurriendo era real. Mas, de algún modo necesitaba que lo tranquilizaran. Estaba muy nervioso, confundido y aterrado por la idea de dejar su mundo y vagar por lugares insospechados buscando a su amigo. Matías se sentó, pensativo, en la cama. Ambos amigos discurrían sobre el mismo asunto, pero de un modo diferente. Matías pensaba la forma de contarle a sus padres lo que debía hacer. Harek dibujaba en su mente el recorrido que deberían seguir para encontrar a Asiúl.

- Sé que estás asustado, Matías, pero hay que

hacerlo y hay que hacerlo ya. De momento, el

buscador Otto, no deseará acabar con la vida de

Asiúl porque lo cree necesario para que la flor del

Cúbulus funcione. Todavía no imagina que él no

puede hacer nada. Pero, cuando lo averigüe, no

tardará en deshacerse de él. Debemos impedírselo.

Y tú eres la persona indicada para hacerlo.

- Harek, yo... Mira – Matías caminaba nervioso

por su habitación, - no pretendo parecer un miedica,

ni nada por el estilo. Tampoco pretendo que creas

que no quiero salvar a mi amigo. Pero,... no me

imagino contando a mis padres la historia de tu

Reino y pidiéndoles permiso para salvar a Asiúl.

- ¡No puedes hacer eso! No le diremos nada.

Nos iremos y punto.

- Ya. Y, cuando vean que no estoy, ¿qué pasará

entonces? Me buscarán por todos los rincones de la

casa. Llamarán a la policía. Se preocuparán.

- ¿Ves este amuleto que siempre guardo en mi

bolsillo? – dijo Harek enseñando un extraño objeto

que recordaba la cara de una serpiente cascabel.

- ¡Parece la cara de una serpiente!

- En realidad, eso es lo que es. En mi reino, estos

animales están muy mal vistos, ya que desde la

antigüedad se han alimentado de los cientos de

cuerpos de pescadores y gente que se atrevía a

cruzar el Puente de la Inocencia y lógicamente, caía

al río Ulf. Se trata del río que atraviesa el Reino de

la Naturaleza Libre. Es muy peligroso, por la

existencia de un gran número de estos reptiles y

claro... Bueno, bueno,... me estoy desviando un

poquito del tema. Cuando lleguemos a mi reino te

seguiré contando. Ahora lo que importa es

comprobar la eficacia de este amuleto. Cuando

abramos el Ojo de Ócradus, que es por donde

cambiaremos de espacio y de tiempo, y nos

encontremos frente a las tierras del malvado Otto,

este mágico y maravilloso amuleto detendrá el

tiempo terrestre. De ese modo, cuando salvemos a

Asiúl y volvamos, será exactamente la misma hora,

minuto y segundo en que dejaste tu mundo para

vivir la más extraña y excitante experiencia de toda

tu existencia.

- Ahora entiendo. Así, mis padres, nunca sabrán

qué ha ocurrido y dónde he estado.

- ¡Exacto, campeón!

- Bueno, Harek. ¿Y cuándo sabremos que ha

llegado el momento de irnos?

- El tiempo, mi gran amigo, lo decides tú.

- Entonces... que sea ahora, Harek. Mientras más

lo piense, peor será.

Tomada esa decisión, Harek tomó, en su mano

derecha, el pétalo de la flor del Cúbulus y en la

izquierda, el amuleto de serpiente. Cerró los ojos y

comenzó a elevarse unos cuantos centímetros del

suelo. Flotando en el aire, recitó el siguiente conjuro,

mirando hacia la ventana:

“Oculus os Ócradus “Ojo de Ócradus

sebus dinilubus ek se generoso y
obsudus ali Camlus muéstranos el camino
bue ali púlubus os Otto” hacia el
poblado de Otto.

Matías no entendió nada. Sin embargo, tampoco

tuvo mucho tiempo para pensar. De inmediato, una

forma extraña comenzó a aparecer en el centro de la

ventana. Al principio era como un pequeño agujero

que Harek trataba de hacer en el cristal, pero

pronto, Matías se percató de que era un pasadizo

secreto y muy oscuro que llevaba a alguna parte.

- Tendrás que cerrar los ojos, confiar en mí y

dejarte caer por este agujero – le dijo Harek a

Matías.

- Pero, ¿te has vuelto loco? No veo el final de ese

largísimo túnel. Me mataré. No pretenderás que

yo...

- Tranquilo. Ya te he dicho que confíes en mí.

Todo es cuestión de fe.

Y sin darle tiempo para que se lo pensara, Harek

empujó fuertemente a Matías hacia el agujero. Los

gritos se podían oír a larga distancia. Segundos

después, el elfo hizo lo mismo, tras mirar al cielo y

rezar, para que todo saliese como lo esperaban. Sin

embargo, ninguno de ellos se percató de que Dordof,

el perro y fiel amigo de Asiúl, les había estado

siguiendo desde hacía mucho tiempo. Cuando vio

que sus amigos se escapaban por aquel extrañísimo

agujero, no tardó en dar un brinco y caer al vacío

junto con Matías y el pequeño elfo.

Cuando Matías abrió los ojos, se dio cuenta de

que se encontraba tumbado en el suelo de una tierra

extraña. No había nada plantado en muchos

metros a la redonda. Miraba al horizonte y todo le

parecía idéntico. Tocó la tierra que se encontraba

bajo sus pies. Era totalmente negra, muy gruesa y

áspera. Allí no crecerían ni los cardos borriqueros.

De pronto, se acordó de Harek. Se incorporó de un

salto y comenzó a lanzar gritos, llamando al

pequeño elfo. Como respuesta, lo único que recibió

fueron unos ladridos de alegría de Dordof, muy

contento, al ver una cara conocida. Después, ambos

llamaron, a su modo, a Harek, que no aparecía por

ningún lado. Tras varios intentos, el elfo dio señales

de vida, presentándose por detrás de ellos, sin que

ninguno de los dos se diera cuenta.

- ¡Shhhh! ¡No grites o de lo contrario, pronto

tendremos aquí a todos los emisarios de Otto!