lunes, 3 de octubre de 2011

CAPITULO 9 PARTE 3

- ¡Harek, mira tu sombra! – susurró Matías entre dientes.

   - ¿Qué pasa con mi sombra? – preguntó el elfo mientras la buscaba. Está detrás de mí. ¡Mírala!

   - Ya la veo, pero... Mira la de Otto.

  - Si no tiene ninguna, ¿qué quieres que mire?

  - No quiero que mires nada, Harek. De eso se trata. Los dos tenemos sombra y él no. ¿No te parece extraño? Dordof no ladra ya. Otto no tiene sombra. No  ha contestado a nada de lo que le hemos preguntado y a mí me ignora por completo. Es como si no pudiera verme. Siempre sale con algo que no tiene nada que ver con lo que nosotros le hemos dicho.

   - ¿Y que te sugiere todo eso?

   - ¡Mnn! No lo sé.

   - Pues, piensa rápido, que ya está frente a nosotros de nuevo.

   El buscador de la Inmortalidad continuaba su discurso sin percatarse de que nadie le estaba prestando la más mínima atención. Recorría varios metros del salón alejándose de ellos y después, regresaba a su lado. Justo en ese momento en que el malvado Otto estaba situado a sólo un paso de Matías y Harek, el niño pasó la mano por la cintura del mago, atravesándola de lado a lado sin dificultad. Volvió a hacerlo de nuevo y ocurrió exactamente igual. Parecía una gran nube negra que podía traspasarse sin problema. De repente, Matías se fijó en una mesa pequeña que estaba situada en un rincón oscuro del salón. Había algo. Una luz, tal vez. Nuestro amigo se fijó bien y pudo descubrir que se trataba de una esfera, en cuyo interior, una luminosa bola daba vueltas y proyectaba una imagen. La imagen de Otto. Eso significaba que el Buscador no estaba presente en aquel salón.

   Harek, al no entender lo que estaba sucediendo, miró a Matías con ojos interrogativos; aún no se atrevía ni a hablar. Fue entonces cuando Matías pasó a través del cuerpo de Otto hacia el otro lado, sin que éste se percatara de lo que estaba sucediendo; continuaba hablando de lo poderoso e importante que era y que nadie había osado combatir con él.

   - Harek, ¿no te das cuenta? ¡Es un espejismo! Aquella esfera de allí está proyectando la imagen de Otto y consigue, no sé cómo, que su voz también suene. Parece que está aquí, pero no es así; por lo menos, no se encuentra en esta habitación.

   - Entonces, ¿qué hacemos? – preguntó Harek.

   - Dejemos que siga hablando solo y vayamos a buscar a Asiúl. Si interrumpimos el espectáculo alguien podría darse cuenta.

   Y dándole la espalda al gran Mago, se dirigieron hacia el lugar de donde procedían las voces. Cuando atravesaron otro pasillo oscuro, comenzaron a gritar el nombre de Asiúl y en seguida él respondió.

    - ¡Estoy aquí, amigos! ¡Gracias al cielo, por fin me habéis encontrado! – decía Asiúl, lleno de júbilo al ver que finalmente sus amigos venían a rescatarlo. ¡Me alegro tanto de veros!

    Los tres amigos se fundieron en un conmovedor abrazo.

   - ¡Dordof, mi fiel amigo! ¡Eres un campeón! – gritó Asiúl al ver que el animal se le echaba encima, muy contento de verlo-. ¡Gracias chicos, por arriesgar vuestras vidas y salvarme de las garras del perverso Buscador! Pero, ¿cómo me habéis encontrado? Y ¿cómo habéis logrado llegar hasta aquí?

   - ¡Nos ayudó tu padre!

   - ¡Nos ayudó tu padre!

    Tanto Harek como Matías estaban ansiosos por contarle a su gran amigo cómo fue que llegaron hasta él y lo que tuvieron que vivir por el camino. Ambos habían hablado al mismo tiempo y Asiúl los interrumpió.

   - Ya veo que estáis impacientes por contarme todas vuestras aventuras, pero será mejor que primero salgamos de este horrible lugar. Tendremos tiempo más adelante y sobre todo, mucha más tranquilidad.

    En muy poco tiempo nuestros tres valientes amigos y la ya mascota del grupo estaban fuera de la torre y al otro lado de la gran esfera. Durante unos minutos, continuó destellando bajo la luz de la luna, pero inmediatamente después de que los huéspedes hubieran salido de la torre, la esfera se apagó por completo. Arriba en el cielo, los dos dragones negros continuaban volando y  enfrentándose entre sí a base de muerdos y bolas de fuego, ignorando por completo lo sucedido.

   Harek y Matías comenzaron a contarle a Asiúl todo lo que había ocurrido desde que fuera succionado por aquél extraño agujero negro en una acera de su pueblo, hasta el momento de encontrarse con él en las mazmorras de la Torre Oscura. Cuando Asiúl se disponía a hacer un comentario de todo lo ocurrido, un fuerte viento empezó a azotarles con violencia. Resultaba imposible mantener el equilibrio.

   - Debemos llegar al lugar en el que encontramos la flecha mágica. Allí se nos apareció tu padre. Le necesitamos para volver a casa, Asiúl. – gritó entrecortado Harek, ya que el viento le impedía hablar con normalidad.

   A varios metros de distancia se encontraba un árbol viejo y seco. Había perdido todas sus hojas y ninguna flor parecía haber soportado la violencia de aquel huracán. Todos trataron de aferrarse fuertemente a él, intentando aguantar el mayor tiempo hasta que aquél fastidioso viento dejara de soplar con aquella intensidad.

   - Con éste viento no podremos andar mucho. Trae consigo arena negra del desierto en que nos encontramos. Nos asfixiaremos, si no encontramos un refugio enseguida – se apresuró a decir Asiúl.

   Asiúl! – gritaba Matías -. No existe ningún refugio cerca. ¡Podemos morir aquí! – el chaval estaba mucho más asustado que cuando tenía delante a Otto.

   - ¡Yo os ayudaré!

   Los tres amigos distinguieron perfectamente la voz de una niña ofreciéndoles ayuda. No apreciaban claramente su rostro, pero sus corazones presentían que podía n confiar en ella. Además, Dordof no había abierto la boca y eso significaba que se trataba de alguien noble. La pequeña iba acompañada por una especie de asno bajito y regordete, de un gris oscuro con manchas más claras que llevaba los ojos tapados con una especie de anteojeras. La niña también tenía un fino velo que protegía su nariz y boca, similar a los que llevan las mujeres árabes. Un gorro parecido al de Harek, terminado en punta, pero con una gran visera, protegía sus ojos de aquel viento; de ese modo, podía permanecer tranquilamente en ese extraño desierto sin que el aire le afectara lo más mínimo. Unas preciosas alas rosadas, finas y brillantes pendían de su espalda. Asiúl no había pronunciado palabra. Su hipnosis era total. No había visto jamás nada tan bello. A pesar de que el viento no permitía seguir en aquel lugar durante más tiempo, él hubiera permanecido observándola el resto del día.

   - Os puedo ayudar, si vosotros queréis – prosiguió con el mismo tono de voz suave. Se había percatado del amuleto en forma de flecha y arco que Asiúl llevaba en su cuello y no dejaba de mirarlo -.  Cerca de aquí está mi aldea. Allí podréis descansar y alimentaros para continuar vuestro viaje. Aún falta una vuelta de estrella para que cese Volkenge. Si os quedáis aquí, moriréis.

  - ¿Vuelta de estrella? ¿Volkenge? ¿De qué está hablando? – preguntó inquieto Matías.

  - ¡Vale, vale! No es momento de charlas. Llévanos a tu aldea y allí nos contarás todo – interrumpió Asiúl, deseando con todas sus fuerzas poder respirar de forma normal y hablar con ella.

  - Entonces, seguidme. ¡Ah! Por cierto, me llamo Ímida. Soy un duende y no hace falta que me digáis vuestros nombres, ya lo sé. Os estábamos esperando.

   Los tres amigos y los dos animales se dispusieron a seguir a Ímida. Nadie podía vislumbrar bien el camino. Alrededor del asno, sujetos a una mantita que la dueña había colocado como silla de montar, trataban de caminar todos, evitando tragar la arena que traía Volkenge; sólo así, ninguno perdería el rumbo que debían seguir hasta la aldea. El duende Ímida sujetaba al pequeño asno por las bridas y éste caminaba sin ningún problema. Como si supiera perfectamente el camino de vuelta a casa.  Dordof continuaba a duras penas detrás del asno y de vez en cuando sacaba la cabeza, tratando de averiguar si faltaba mucho todavía para llegar a algún refugio.

   Todos recordaban cuando la niña, momentos antes, dijo que cerca del árbol se encontraba su aldea, pero llevaban ya un buen rato caminando y el viento no paraba de soplar y soplar. Seguro que todavía no se había producido la vuelta de estrella, que había mencionado su nueva guía o que ese tal “Volkenge”, todavía no quería dejar de jugar con ellos. La verdad era que no podían articular una sola palabra y mucho menos una pregunta completa para averiguar cuánto debían caminar aún hasta alcanzar la deseada aldea.

   Por un momento, Asiúl pensó que el lugar por el que caminaban hacía un buen rato tenía las mismas características. Daba la impresión de estar rodeando un mismo lugar una y otra vez. Fue entonces cuando se atrevió a preguntar.

   - ¿Crees que falta mucho… aún?

   Ni siquiera había terminado de hacer la pregunta cuando Volkenge cesó. Todo era claridad y nitidez. Frente a ellos, una bonita y cálida aldea se abría paso.

   - Volkenge no puede llegar hasta esta aldea – explicaba Ímida -. Se trata de una de los tres vientos del temible Otto, que siempre hace salir de su escondite para acabar con la vida de quienes no sirvan a sus propósitos. Nuestra aldea está protegida por el Mago Ekoes, que tras ser mutilado por el malvado Otto y perder su mano izquierda, juró vengarse de él, tratando de dar al traste con todos sus maléficos planes. Aquí no os asustéis.

   La tranquilidad llegó a los corazones de nuestros amigos y Asiúl comentó algo que dejó perplejo a Matías y a Harek.

   - Yo conozco esta aldea. Ya he estado antes aquí.






2 comentarios:

  1. Muy bonito lo que escribes, me gusta introducirme en ese mundo de fantasía.
    Un beso desde
    LAS COSITAS DEL RINCON DE DOLORES

    ResponderEliminar
  2. Me quedo boquiabierta al ver lo creativa e imaginativa que eres.Este invierno he asistido en Córdoba a un taller literario y también he hecho mis pinitos como escritora.tienes una desbordante imaginación.besiños.Teresa

    ResponderEliminar